Historias Alameda Trail: el voluntario del Pico del Búho

Organizar una carrera como Alameda Trail requiere una interminable lista de cosas que, con sinceridad, ahora no podríamos enumerar, pero si nos pidieseis que os dijéramos las dos más importantes diríamos ilusión y VOLUNTARIOS.

Uno de ellos es Álvaro y ya podríamos considerarlo todo un clasicazo de Alameda Trail porque ha estado en las 3 ediciones celebradas hasta la fecha (¡y las que le quedan!) .

Este año no sabía a ciencia cierta si iba a poder echarnos una mano, así que no se le asignó un puesto a la espera de que nos confirmase. Como fue de los últimos en subirse al barco, le tocó lidiar con el puesto más duro de la carrera, El Pico del Búho. ¿Que por qué El Pico del Búho es el punto más duro para los voluntarios? Pues porque es una zona polvorienta, sin abrigo de ningún tipo, expuesta al solano porque no hay ni una mísera sombra, a ella solo se puede acceder por un sembrado y, sin duda lo más duro de todo, es uno de los últimos puntos del recorrido, por lo que deben de permanecer en ese puesto casi 7 horas.

Allí que mandamos a Álvaro y a Héctor, otro de nuestros voluntarios titanes.  Entre cerveza y cerveza (no queremos desvelar cuantos botellines tuvieron que pincharse para aguantar el sofocante calor), animaron y guiaron a todos los jabalíes y jabalinas que consiguieron llegar hasta ese punto.

Pasaban las horas, el sol tenía ganas de apretar y la reserva de zumo de cebada de nuestros voluntarios parecía acabarse después de una jornada que ya duraba 6 horas. Situación dura, pero había que aguantar como fuera porque aún quedaban corredor@s por llegar. A eso de las 15:30 Álvaro vio a lo lejos como uno de los valientes de la de 33K llegaba cabizbajo, sudoroso y con un lenguaje corporal que gritaba voy justito de fuerzas. Sin dudarlo recorrió los 100 metros que le separan de él y le dijo; «oye tío, no te preocupes, tú a tu ritmo porque yo soy el último voluntario con control que te queda hasta meta y de mi puesto no me muevo hasta que tú pases».

La carrera terminó, el último corredor cruzó la meta entre aplausos y los voluntarios fueron llegando desde sus puntos para dar buena cuenta de la caldereta del avituallamiento final. De todos los voluntarios que volvían Álvaro parecía el menos feliz. Algo no iba bien.

–  ¿Qué ha pasado, Álvaro, te encuentras bien?

–  Sí, estoy bien, sólo que no encuentro el móvil por ningún lado. Es un móvil nuevo y además lo tengo lleno de recuerdos de las vacaciones.

Enseguida nos pusimos a buscar por toda la meta, peinamos la zona donde había estado, preguntamos, publicamos un el aviso en nuestras redes. Nada, el móvil había desaparecido.

Un par de días después, con el disgusto en el cuerpo porque la experiencia de uno de nuestros voluntarios no había sido la mejor, recibimos una llamada.

–  Hola, he visto el anuncio en redes y tengo un móvil que me gustaría regalar al voluntario que lo perdió.

– Pero, ¿quién eres? ¿Conoces al chico que ha perdido el móvil?

–  Soy uno de los corredores de la de 33K y no conozco al chico que ha perdido el móvil. Solo sé que estoy muy agradecido a todos y cada uno de los voluntarios y como muestra de ello quiero regalar un móvil a ese chico.

–  Vaya, nos dejas de piedra. Pero jolín, no es necesario.

– ¿Sabes qué? Si no llega a ser por uno de los voluntarios no hubiera terminado la carrera. Estaba en el kilómetro veintymuchos, hacía un calor de muerte, las piernas no me iban y no sabía a ciencia cierta si iba a llegar al tiempo de corte. En ese momento se acercó un chaval y me animó. Me dijo; «oye tío, no te preocupes, tú a tu ritmo porque yo soy el último voluntario con control que te queda hasta meta y de mi puesto no me muevo hasta que tú pases».

Cuando nos preguntáis que por qué hacemos Alameda Trail, ahí tenéis la respuesta 🙂

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